ronnachu: ((ST) Captain James T. Kirk)
[personal profile] ronnachu
Título: Con cualquier otro nombre
Fandom: Star Trek TOS (Sip. TOS. Sin spoilers ni necesidad de conocimientos previos.)
Pairing: Kirk/Spock, Bones/Chapel, Bones y Spock.
Rating: Para todos los públicos. Ni un mísero taco.
Notas: Para [livejournal.com profile] criandomalvas. Es la primera de dos partes, la segunda de las cuales se publicará en un futuro próximo pero indeterminado.

Con cualquier otro nombre


Las manos de Christine se movían de forma experta y profesional sobre el vendaje del tripulante, enrollando el tejido de forma que la presión redujera el flujo sanguíneo.

—No te quites esto hasta que yo te dé permiso, ¿me oyes? Y no te rasques.

—¿Qué pasa si me rasco?

—No es políticamente correcto para ciertas especies. Y me pone nerviosa. Avisa si me necesitas, estoy aquí mismo.

—Sí, enfermera.

McCoy sonrió desde su despacho; la puerta semiabierta le permitía controlar toda la enfermería y observar los tejemanejes de la chica, siempre corriendo de un lado a otro, siempre pendiente de que todos tuvieran lo que necesitaban. Le reconfortaba su presencia, y saber que incluso si le pasara algo al médico de la nave siempre habría alguien competente al cargo de la salud de su tripulación.

—¡Doctor!, ¿se puede saber qué hace aquí todavía?

No le reconfortaba tanto tener a veces la impresión de que vivía con su madre.

—¿Aparte de mi trabajo, quiere decir?

—Su trabajo es cuidar de la salud de esta nave, y eso no puedo hacerlo estando enfermo usted mismo.

—¿Pretende que me construya una esfera de plástico para que no me toquen los virus?

—Pretendo que duerma un mínimo de seis horas diarias. Fuera de aquí, y deje los papeles. Como si le apetece ir a emborracharse, pero aquí no se queda.

—Enfermera…

—Fuera.

Chapel lo agarró del brazo con una fuerza sorprendente y lo levantó, sin demasiada reticencia por parte del médico. Durante un segundo quedaron muy cerca, y McCoy pudo oler el aroma que desprendía; anestesia y hospital, y algo más, femenino y poderoso.

La idea de ir a emborracharse un rato no sonaba tan mal, después de todo.

—Está bien, está bien. Ya me voy. Buenas noches.

—Buenas noches, doctor. Duerma usted bien.

Christine salió del despacho antes que él, y Bones maldijo mentalmente al listo que hubiera tenido la idea de poner faldas tan cortas en los uniformes de la Flota Estelar.


###



Las puertas de la sala de descanso se abrieron, y McCoy se dirigió con andar resuelto hacia su mesa de siempre. Se sirvió un vaso del whisky que había conseguido hace poco del almacén secreto de Scotty —el ingeniero había cometido el error de confiar demasiado en sus cartas—, y lo contempló bajo la pálida luz artificial.

—Buenas noches, doctor —dijo una voz repentinamente, sobresaltándolo, y unas gotas del líquido escaparon de su vaso.

—Maldita sea, Spock, ¿sabes cuánto vale esto?

—No había anticipado su reacción, doctor. Creí conveniente informarle de mi presencia, ya que podría usted haber acudido a este lugar buscando privacidad, y no se había percatado de aquélla.

—¿Cómo diablos te voy a ver si estás escondido en una esquina?

Spock bajó la cabeza, inspeccionándose a sí mismo.

—Creo que “escondido” no define mi posición actual, doctor.

—No, si tienes visión vulcana y sufres de paranoia persecutoria. ¿Qué haces aquí, de todas formas? ¿Hay algo en la sala que estés vigilando y por lo que debería preocuparme?

—Tenía entendido que estas instalaciones eran de uso público, al alcance de cualquier tripulante que deseara utilizarlas.

—Justamente. ¿Por qué ibas a desear desperdiciar tu tiempo en algo tan ineficiente como la vida social?

—No veo la necesidad de explicarle las razones de mis actos, doctor.

—No, claro que no las ves —gruñó Bones.

—Si mi presencia le resulta desagradable… —el oficial se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta; Bones volvió a gruñir.

—Oh, por el amor de… Ven, tómate un trago conmigo.

—Me temo que no consumo alcohol.

—Bueno, pues siéntate conmigo mientras yo me tomo un trago. —Spock alzó una ceja. Este tío es imposible. ¿Cómo se socializa con alguien que no bebe?—. Siéntate, maldita sea.

Más que sentarse, Spock descendió hacia la silla elegantemente; su ceja, sin embargo, quedó en alto, indicando su superioridad. McCoy se había arrepentido de invitarlo ya antes de hablar, pero volvió a hacerlo después de un par de minutos en silencio.

Temas de conversación. Tenían que tener algo de lo que charlar. La vida personal estaba descartada. Si hablaban de medicina terminarían resaltando el enfermizo color de la sangre de Spock. No es que Bones tuviese nada en contra de burlarse de la anatomía vulcana —solía ser un pasatiempo muy solicitado en momentos de crisis—, pero no parecía muy apropiado cuando se lo acababa de encontrar solo y a oscuras en la sala de descanso.

—¿Le parece que dos minutos y treinta y seis segundos es un tiempo adecuado de interacción social como para que pueda marcharme sin ofenderle?

Lo peor es que Bones no podía saber si lo decía en serio, o si se estaba riendo de él. Decide interpretarlo como la segunda opción, porque era más fácil enfadarse con Spock que sentir compasión por él.

—Maldito duende, estoy intentando ser amable.

—Los vulcanos no sentimos una gran apreciación por la amabilidad, doctor, por lo que no es necesario que se esfuerce en emplearla conmigo.

—Puede que tú no la aprecies, pero yo sí. Se supone que somos, ya no profesionales al mando de la nave, sino los mejores amigos de Jim. —Spock levantó una ceja, provocando inmediatamente que McCoy se pusiera a la defensiva—. ¿Qué?

—Me limitaba a preguntarme qué lo ha llevado a adoptar una actitud tan lógica ante la situación.

Ahora sí que se sintió insultado.

—Tal vez para compensar que tú estés aquí a las tantas de la mañana en un acto claramente emocional.

—Los vulcanos no…

—Ya, lo que sea. Sí, dos minutos y treinta segundos son suficientes, puedes irte.

—Treinta y seis. Eso, cuando lo he dicho; ahora serían…

—Spock. —El doctor le dirigió una mirada asesina, pero el otro no se alejó.

—El capitán —dijo, despacio— ha mencionado en numerosas ocasiones lo desagradables que le resultan nuestras diferencias.

—Sí, bueno, en general le divierten más que le ofenden.

—Tiene, como gran parte de la especie humana, un sentido del humor algo extraño.

—¿Hay algún sentido del humor que no te parezca extraño, Spock? —El vulcano inclinó la cabeza, concediéndole aparentemente la razón, y Bones sonrió. Se dio cuenta entonces de cuál era el mejor tema de conversación, lo único que tenían en común: Jim. Era el puente de enlace, la razón por la que pasaban tanto tiempo juntos y la mayor fuente de problemas para los tres—. Has estado aquí con él, ¿verdad? Antes. Por eso estás aquí, se acaba de ir.

Nueva inclinación de cabeza. Le gustaría saber leer a Spock y deducir si está tenso, o incómodo; pero normalmente era Jim su diccionario vulcano-estándar andante. Él sólo veía un rostro inexpresivo y de un verde enfermizo, que le daba ganas de sacar el tricorder y ponerse a hacer escáneres.

—¿Qué hay de usted? —preguntó Spock—. ¿No tiene el primer turno por la mañana?

—¿Te sabes los horarios de todos los tripulantes?

—Sólo los de los coordinadores y los tres rangos más altos de cada departamento.

Leonard parpadeó, y luego lo dejó pasar.

—Quería estrenar el escocés que le he ganado a Scotty. Ha sido un día largo. Los de seguridad han estado ayudando con las reparaciones de la sala de motores, así que cada cinco minutos llegaba otro que se había tropezado, o al que le había caído un destornillador en el dedo. Un desastre.

—Ya veo. Es hora de renovar al personal; hemos sufrido una drástica reducción de sus miembros en los últimos tiempos. Me encargaré de organizarlo en nuestra próxima estancia en la Tierra.

—Si Jim no fuera metiéndonos en todos los conflictos interplanetarios que se cruza, no tendríamos este problema.

—Según mi experiencia a su lado, el peligro lo persigue a él con mayor énfasis que el dado en la relación contraria.

—Pero al parecer no es tan rápido como la suerte. Por ahora.

El gesto de Spock estaba entre la contrariedad y la apreciación.

—Es una dinámica de lo más desconcertante.

—En la que nosotros estamos atrapados. Y que así siga, por muchos años. —Bones levanta su vaso, en un brindis silencioso que el otro corresponde mediante un asentimiento.


###



Dos noches después, volvieron a quedar solos en la sala de descanso. Jim acababa de despedirse después de una copa rápida; la presencia reciente del capitán se notaba en el gesto de Spock, casi relajado, y en los respetuosos susurros de las mesas vecinas, que poco a poco iban ganando en intensidad.

—Una vez —recordó Leonard de repente, y una sonrisa se dibujó en su rostro— entré con él a un bar de mi pueblo. A mitad de la comida, un par de tíos empezaron a insultarse en la mesa de al lado, uno sacó la navaja. Y Jim se levantó… Ni siquiera era conocido por entonces, y además vestía de calle. Se levantó, se colocó entre los dos y dijo “caballeros”. Después de un rato, el de la navaja respiró hondo y se fue.

Spock le observaba atentamente. Bones no podía deducirlo por su expresión, y aun así sabía que estaba interesado.

—Tiene —dijo Spock, despacio— una notable forma de influir en todo lo que le rodea. Y una extraordinaria habilidad para la convicción mediante uso de la oratoria.

—Llegaría a decirse que James Kirk podría engatusar a un vulcano. —La esperada (e intencionadamente provocada) ceja se elevó prontamente—. Ya sabes, como una frase hecha.

—Los humanos suelen demostrar gran afición por hipérboles y exageraciones —afirmó Spock, sin cambiar en absoluto de tono—. Ayer, sin ir más lejos, el ingeniero Scott afirmó tener tanta sed que se bebería el lago Ness. Dados mis notables conocimientos en el ámbito de la geografía terrestre, y suponiendo que los supuestos fenómenos míticos asociados al lugar no tengan relación con el volumen de agua, el sistema digestivo de un cuerpo humano es incapaz de asimilar tal cantidad, cuya ingestión resultaría en la muerte celular.

Fue entonces cuando Chekov y Sulu pasaron por detrás de Spock, en dirección al replicador, y el acento ruso del más joven marcó sus palabras al hablar.

—¡Tengo tanta hambre que me comería una gorn! ¿Qué hay de cena?


###



—¿Qué tal está hoy la enfermera Chapel? —preguntó Spock un par de noches después, sin apartar su mirada siempre demasiado fija, y McCoy se enderezó un poco en la silla.

—Bien, bien. Tan eficiente como siempre. Hoy ha venido un médico de la Kurade para colaborar con la atención a los supervivientes del ataque, y ha intentado decirle que estaba administrando mal una cura. Creo que el pobre sigue encerrado en su despacho, llorando.

—Un gran carácter.

—Ya lo creo. Me echa casi a patadas de la oficina por las noches.

—Debe admitir que tiende usted a excederse en las horas de trabajo. —McCoy le dedicó un gruñido contrariado.

—No soy el único. —Spock asintió, y siguió mirándolo como si esperara que dijese algo más—. ¿Qué?

—¿Disculpe?

—No crea que no sé por dónde va. No soy tan idiota. Y no voy a hablar de eso. —El otro no intentó fingir que no sabía de qué estaba hablando; se limitó a dejar salir un “oh” de comprensión, y esperar. Maldito vulcano—. No voy a hablar de ello porque no hay nada de qué hablar. Nada. Porque no puede haberlo, y pensar que puede haberlo sería estúpido.

—¿Oh?

—Estúpido, digo. Una idea absurda, ésa.

—¿Cuál, doctor?

Bones gruñó y tomó un largo trago de whisky.

—Ninguna.

—Ya veo.

Spock separó los dos índices, y los volvió a unir en el mismo punto. Tap. Tap.

—¿Y qué sabrás tú? ¿Qué más te da? Es algo que no puedes experimentar, no puedes compartir. ¿Sientes curiosidad, como la que sentirías por una rata de laboratorio en una ruedecilla? ¿Qué quieres?

Si McCoy dijo eso fue simplemente porque Spock lo miraba con una ceja alzada. En su mente había sido una broma, uno de sus muchos piques estúpidos que no eran más que eso, y que los dos podían reconocer fácilmente como mentira; pero no sonó así. Spock lo miraba, con esa ceja alzada y sin mover otro maldito músculo. Y lo sacaba de sus casillas. Su inexpresividad, su incapacidad para ajustarse al modelo de comportamiento social, su mente superior y su estúpida costumbre de hacerlo todo correctamente. Mejor que todos los demás.

Eso era lo que lo irritaba tanto.

—¿Qué es lo que lo irrita, doctor?

Bones suspiró.

—Ella lo ama a usted, Spock.


###



De repente, y sin que Bones comprendiese del todo cómo había podido pasar, se convirtió en una costumbre. Un par de veces por semana, cuando sus horarios coincidían, se encontraban de noche en la sala de descanso vacía. McCoy bebía, Spock se sentaba con las manos unidas, y charlaban, o compartían el silencio que llegaba cuando decían algo que ambos preferían ignorar que habían dicho. Ocasionalmente, Spock tenía un juego de ajedrez en la mesa cuando llegaba y estaba repasando movimientos, pero en ningún momento le ofreció jugar, y en realidad Leonard no sentía deseo alguno de enfrentarse a él en un tablero. Dejaría para Jim las misiones suicidas.

Se encontró acostumbrándose a la forma de ser del vulcano. A sus silencios demasiado largos y sus oraciones demasiado perfectas, que iba consiguiendo descifrar, para averiguar qué quería decir cuando estaba diciendo otra cosa. Descubrió, sobre todo, que le gustaba Spock. Que era un buen oyente y un buen consejero, y que nunca dejaría de ser divertido tomarle el pelo o insultar sus orejas, al igual que el otro se entretenía fingiéndose gravemente herido cuando McCoy hacía eso. Y se dio cuenta también de que Spock era un gran observador.


###



Cuando ocurrió, lo primero que hizo Leonard fue ir a la sala de descanso con grandes cantidades de alcohol. Estaba seguro de que lo encontraría allí, sentado en algún rincón y mirando fijamente la pared de enfrente.

No estaba allí, pero McCoy se sentó, seguro de que no tardaría en llegar. Probablemente no había terminado su turno, o estaba esperando a que la sala se quedara vacía. Fue bebiendo y charlando quedamente —el ambiente en la sala era de preocupación y tensión, y nadie alzaba demasiado la voz— con la tripulación, sin dejar de echar vistazos frecuentes hacia la puerta. Estaba casi seguro de que llegaría en cuanto oscureciera un poco más, sólo había que esperar lo suficiente.

Tardó tres días en volver a verlo fuera del puente de mando.

Spock estaba, pero no estaba. Se encontraba presente en cuanto cambiaba el turno, hacía su trabajo, y se esfumaba en cuanto Scotty sacaba un pie del turbolift para sustituirlo. Estaba tenso e irritable, y apenas escuchaba las sugerencias de los demás tripulantes. Convocaba reuniones inútiles para informarse diariamente del estado del secuestro, y se dedicaba a insultar sutilmente a sus compañeros cuando no le daban resultados.

—Estoy preocupado por él.

—Todos estamos muy tensos sin el capitán —dijo Christine, mientras arreglaba las camas—. Esta nave no es lo mismo sin él, es normal que no se sienta seguro. Y además tiene el deber de sustituirlo en sus funciones, lo cual hará las cosas aún más difíciles para él.

—Esto ha pasado otras veces.

—No así. Si los rumores son ciertos, el señor Spock presenció cómo lo torturaban antes de llevárselo, le obligaron a mirar. Y está lo de que no paran de subir el precio del rescate, y tiene que combinar la doble presión de la Flota y los secuestradores.

—Claro que es mucho estrés, pero Spock es vulcano, por el amor de Dios. Sólo tiene que hacer lo más lógico.

Christine sonrió un poco, como se le sonríe a un niño pequeño que no entiende algo obvio. Bones sintió ganas de abrazarla. Le pasaba mucho últimamente, desde que Jim no estaba y la nave se había vuelto un lugar menos seguro, menos fácil de identificar con un hogar. Tuvo ganas de abrazarla y sujetarla muy fuerte, y nada más, por el motivo puramente egoísta de sentirse confortado por ese pelo, que debía ser su filtro para respirar el aire del espacio.

—¿Y qué es más lógico, en realidad? —preguntó Christine, doblando las sábanas con movimientos rápidos y precisos—. ¿Hacer lo lógico, o hacer lo que dice el corazón?


###



Spock accedió a pagar el rescate después de varios días de negociaciones. Pasó largos ratos encerrado en su camarote, discutiendo con algún representante de la Flota los tres millones de créditos que los travisanos exigían. Al parecer, a pesar de su política de no negociar con secuestradores, no estaban dispuestos a perder al mejor capitán del cuerpo.

—Capitán, tenemos las coordenadas para el intercambio —informó Uhura.

—Señor Sulu, póngase en marcha inmediatamente. Factor seis.

—¿Factor seis, capitán? —Sulu se volvió hacia él con expresión confundida—. Scotty dijo que los motores…

—Factor seis, señor Sulu —Spock hablaba con su tono frío y calmado de ser superior, y Sulu murmuró un “sí, señor” algo contrariado antes de centrarse en su panel—. Señor Chekov, concéntrese.

El joven se puso derecho inmediatamente y dejó de morderse las uñas. Bones esperaba de veras que aquello saliera bien y pudieran tener a Kirk de vuelta en la silla lo antes posible.

La nave travisana era pequeña y no tenía pinta de haber pasado el último control de sanidad. La comunicación era de mala calidad, pero les permitió distinguir a un Kirk maniatado, cuya semidesnudez dejaba al descubierto más moretones de los que a McCoy le gustaría ver. Tuvo el impulso de coger su equipo médico y meterse en una nave, pero se limitó a evaluar lo que podía de posibles daños internos.

—¿Doctor? —preguntó Spock.

—No parece ser excesivamente grave.

—Spock —el gemido de Kirk hizo girar el cuello de Spock hacia la pantalla con tanta rapidez que debió de hacerse daño—. Ni se te ocurra negociar, Spock. Spock, ¿me oyes? Si están a tiro…

La conexión se cortó bruscamente para dar paso a una humanoide algo desproporcionada y de grandes músculos.

—Saludos, señores. Me alegra reunirme directamente con ustedes, por fin; soy la capitana Mebal, líder del clan.

—Saludos. —Era posible que la rigidez en el asentimiento de Spock se debiera a ese tirón en el cuello, pero en cualquier caso el gesto fue poco educado. Mabel no pareció darse cuenta.

—Confío en que hayan tenido un buen viaje y posean a bordo el material requerido.

—Y en cambio —no pudo evitar intervenir Leonard, casi gruñendo—, nuestro material no parece estar en perfectas condiciones.

—Oh, algún rasguño sin importancia durante el tratamiento, que sin duda el médico de la nave podrá reparar.

—Sí, bueno, el médico de la nave opina que…

—La cantidad requerida está lista en los transportadores —interrumpió Spock, cuya vista no se había apartado en ningún momento del rostro de la mujer—. Sugiero un intercambio simultáneo que permita a ambas partes…

—Le agradezco su sugerencia, señor Spock. ¿Por qué no transportan el dinero, y cuando lo analicemos comprobaremos que se puede garantizar la devolución de la mercancía… en su totalidad?

Chekov murmuró algo en ruso, que todos decidieron ignorar. Spock cambió ligeramente la postura de su cuerpo para dirigirse a McCoy, sin apartar la vista de la pantalla.

—Nos tienen atados de pies y manos, Spock. Es obedecer o atacar.

—Sea —dijo Spock en voz alta, pulsando un botón en el reposabrazos de la silla—. Señor Riley, transporte el material.

Durante el tiempo en que la comunicación permaneció cortada, Bones se unió al ambiente general de frustración contenida. No había nada que hacer aparte de esperar. Spock paseaba con las manos a la espalda entre el panel científico y la silla del capitán.

—Probablemente están jugando con nosotros —dijo Leonard, porque alguien tenía que decir algo pronto—. Haciendo ver que ellos tienen el control y nosotros no tenemos nada. No me gusta nada de esto, van a conseguir que nos desesperemos.

—Los hechos parecen indicar que el control está efectivamente en su poder, doctor. Es razonable la impaciencia de la tripulación, debida a una situación violenta e ilegal, que en su mayor parte no pueden controlar debido a sus…

—Capitán —dijo Uhura, casi sonriendo—. Piden que abramos un canal de comunicación.

—A la pantalla frontal.

—Sí, señor.

La capitana seguía recostada cómodamente en su silla, desde donde habló con tranquilidad.

—Saludos de nuevo, señor Spock. —El vulcano realiza apenas un movimiento de la cabeza—. Confío en que no me haya echado de menos.

—En absoluto, señora. De hecho, confío en que podamos terminar con este asunto lo antes posible, y no tenga que volver a verla.

La sonrisa de Mebal se ensanchó, revelando dos filas de molares que no existirían en una boca humana. No me lo puedo creer, pensó Bones. Herbívoros.

—Me temo que, antes de que eso ocurra, será necesario efectuar un pequeño cambio de planes. —Spock levanta una ceja.

—¿El pago no ha sido de su agrado, capitana?

—Oh, sí, cumple con todas las condiciones. Sin embargo, y sin introducirles en aburridas cuestiones de política interna, las negociaciones han determinado que se les requiere un mayor pago por sus servicios. Nuestros clientes claramente poseen recursos de los que nosotros carecemos y…

—¿Clientes? ¿Cómo se atreven a…?

Spock agarró con una mano el brazo de Leonard, sin girar la cabeza.

—¿Sí? —dijo a la pantalla.

—Requerimos un millón y quinientos mil créditos, sumados a la cantidad anterior.

—Spock —susurró McCoy—. Es imposible. La Federación no…

—Capitana —dijo Spock—, me temo que necesitaremos algo de tiempo para discutir tal posibilidad con nuestros superiores. Recuerde que formamos parte de una Federación de planetas unidos, un complejo mucho mayor que el de nuestro consejo, y no podemos tomar decisiones de este calibre por nuestra cuenta. Todos tratamos de mantenernos unidos.

Los ojos de la mujer se estrecharon ante la amenaza velada, pero su sonrisa no cedió.

—Por supuesto. Tienen cero coma siete unidades de tiempo estelar. Recuerden que tenemos medios para evitar la… escasa colaboración de la mercancía.

La pantalla volvió a mostrar las estrellas, y el silencio reinó durante unos segundos en el puente de mando.

—Spock, me está haciendo daño.

El vulcano gira el cuello hacia el brazo de McCoy, que suelta lentamente; de fondo suena el pitido de un intercomunicador.

—Ingeniería al puente de mando.

—Aquí Spock, adelante.

—Spock, ¿se ha vuelto loco? ¿Se puede saber por qué mi nave ha llegado al factor seis cuando le dije claramente que aún no estaban completas las reparaciones?

—¿Hay consecuencias que lamentar, señor Scott?

—¡Ése no es el tema, maldita sea! ¡No había ninguna emergencia que justificara…!

—¿Cuál es el estado de los motores?

—Noventa por ciento de su capacidad, no gracias a usted.

—Siga trabajando y tenga listos los cañones de fotones.

—Lo haré, pero…

—Señor Scott, he dicho que siga trabajando. Eso era una orden.

—… Sí, señor.

La comunicación se cortó, y la tripulación intercambió miradas tensas.

—Teniente Uhura, contacte con la Flota y pase la comunicación a mi camarote.

—Sí, señor.

Spock se dirigió al turbolift, y Leonard entró corriendo antes de que se le ocurriera cerrar las puertas sin él. La postura del capitán en funciones era la suya característica; manos a la espalda, mirada fija al frente.

—Spock, ¿cuál es el plan?

—Por el momento, negociar con la Flota Estelar.

—Sabes que se van a negar. Y sabes que es lo lógico; si no han cumplido este trato, son menos de fiar de lo que ya es necesario suponer de los travisanos, por definición.

—No generalice, doctor.

—¡Maldita sea, Spock, tienen a Jim! Tengo derecho a generalizar, y tú tienes derecho a cabrearte, pero no a dejar que eso afecte a tu juicio, porque si haces algo que se salga de tu lógica habitual, sabes perfectamente que tengo la potestad de declararte incapacitado para el mando.

Spock se volvió hacia él, y esta vez su mirada sí expresaba algo: irritación, y furia contenida. Cuando habló, lo hizo más despacio de la cuenta, como si quisiera hacerle entender claramente los conceptos.

—No considero estar actuando guiado por algo más que la lógica. No le aconsejo poner eso en duda, considerando que soy el candidato a la capitanía menos propenso a dejarse afectar por la emotividad del caso.

—Al contrario. Eres el único que se dejaría guiar únicamente por sus emociones, sin darse cuenta siquiera de que lo está haciendo, porque no es capaz de aceptar su propia manera de pensar.

—¿Qué insinúa, doctor?

Las puertas del turbolift se abrieron, y Bones suspiró.

—Que Jim es tu punto débil. Tenlo en cuenta a la hora de tomar decisiones que nos afecten a todos.

Spock le dedicó una mirada larga, de nuevo ilegible. Después se dio la vuelta y salió.


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