ronnachu: ((ST) Captain's Log)
[personal profile] ronnachu
Happy birthday, Seperis!!

(Cof cof, no se lo digáis a ella, pero si me emociono es porque ha dicho que publicará la segunda parte de You'll Get There --que tiene CIENTO OCHO MIL PALABRAS, gente, y que espero terminar de traducir más o menos para cuando salga Star Trek XII-- alrededor de una semana después de su cumpleaños. Heee *se muerde las uñas*)

Obviamente, el acontecimiento se merece ¡fic!


Título: Llegaréis al final (sólo lleva algo de tiempo)
Ubicación original: aquí.
Autora: [livejournal.com profile] seperis
Traductora: Ronna
Fandom: Star Trek XI
Pairing: Kirk/Spock
Rating: G (por ahora)
Resumen: Unos meses después de tomar control de la Enterprise, James Kirk sufre de una extraña enfermedad que Spock se siente obligado a investigar.








UNO
DOS
TRES



CUATRO



Spock se niega a hacer algo tan indigno como correr cuando el capitán Kirk se dirige a grandes zancadas al turbolift, pero sí permite que su paso se acelere, para entrar con él antes de que las puertas se cierren.

—Tiene el control, teniente Uhura —dice, ignorando la mirada de odio del capitán.

—No estoy de humor —dice, cortante, su voz lo suficientemente baja como para no llegar más allá de Spock. Tiene pocos escrúpulos respecto a las discusiones, a veces con toda la potencia de su voz, en el puente de mando (ya sean con Spock o con cualquiera que esté al alcance); pero las verdaderas diferencias se mantienen en privado. Spock no está completamente seguro de si esto es resultado de su propia influencia o algo que ha desarrollado por su cuenta, pero los resultados son satisfactorios—. Hoy no.

—¿Preferirías esperar hasta que los romulanos hayan llegado? —pregunta Spock secamente cuando las puertas se cierran entre ellos y la tripulación del puente, entre la que nadie (con la excepción, tal vez, de Nyota) es consciente de que éste no es un asunto ligero en absoluto—. Ingeniería.

—Espera —dice el capitán, tenso, y luego se vuelve hacia él—. Ordenador, detén el turbolift. ¿Qué demonios estás…?

—Necesitamos consultar con Ingeniería para asegurarnos del efecto que tendría la adición de pasajeros a nuestros…

—Scotty ya nos ha dado el informe…

—Y tal vez verificar los datos personalmente te dará la oportunidad de reconsiderar tu posición antes de dar una orden que vayas a lamentar.

—No la lamentaré en absoluto.

Lo hará, y lo sabe; Spock espera que pase la fase de paseos tensos y furiosos que ha categorizado como resistencia a una decisión inevitable. En general, se puede confiar en que Kirk se convenza a sí mismo de entrar en razón cuando emprende una acción demasiado precipitada, si se le da tiempo y espacio para ello; y un turbolift, como ha descubierto Spock, es fácilmente accesible y de la privacidad suficiente como para permitir ambos.

—Vale, lo lamentaría —dice el capitán bruscamente, apoyándose en una pared—, pero de un modo con el que puedo vivir. Son imbéciles, eso lo sabes, ¿verdad?

Spock no puede estar totalmente en desacuerdo con la calificación dirigida a la Flota Estelar.

—La Zona Neutral se estableció para suspender las hostilidades entre los imperios Klingon y Romulano —empieza, y sabe desde la primera palabra que ha sido el enfoque incorrecto; Kirk entra en tensión, todo frustración y agresividad y, a falta de otro objetivo en las proximidades, la totalidad de ambas recae sobre Spock.

—Sí, para mantener una paz que no es pacífica en absoluto. Nos iría mejor dejándoles que declaren la guerra y terminando con esto. Ahora nos matan y luego piden perdón. Nosotros fingimos que nos lo tragamos, y no hacemos nada, y se creen que somos gilipollas. Y ¿sabes qué? Yo también creo que lo somos.

No es la primera vez que el capitán expresa insatisfacción con la neutralidad armada entre la Federación y ambos imperios; la lógica tras ésta no es completamente imprecisa. Las escaramuzas de las fronteras (accidentes, según los informes; pero Spock es tan capaz de leer entre líneas como James Kirk) se han multiplicado desde la destrucción de Vulcano. La debilidad percibida de la Federación, combinada con la hostilidad con sus cuasi-aliados tradicionales, ha resultado en la ruptura de la antigua cautela del imperio Romulano a la hora de provocar a la Federación.

Habría guerra ya, sospecha Spock, si los klingons y los romulanos no estuviesen actualmente engarzados en una igualmente armada forma de paz, con un mayor número de bajas. Las repercusiones de las acciones de Nero no han sido completamente negativas a ese respecto.

—En estos momentos… —comienza, pero el capitán lo interrumpe gruñendo una obscenidad, y da tres pasos hacia la pared antes de volverse de nuevo a él—. Ya hemos tenido esta discusión —dice Spock, pensativo, recibiendo por ello una mirada de odio—. No estuve en desacuerdo con todas tus conclusiones sobre los problemas resultantes de la política actual federal, con la advertencia de que no estamos autorizados para provocar una guerra.

—Yo podría hacer que pareciese un accidente —dice el capitán, con un ceño fruncido que indica que acepta el argumento. Por ahora, al menos.

Spock alza una ceja; es lo más cerca que está de permitirse a sí mismo expresar satisfacción.

—Los colonos eran conscientes de que asentarse en la Zona Neutral era peligroso —dice, sabiendo por la expresión del capitán que está dispuesto a escuchar—. Les hemos dado la opción de abandonar el planeta antes de que los romulanos detecten su presencia, y los devolveremos a espacio de la Federación, donde se encontrará un planeta adecuado para ellos que no esté en el centro de un territorio disputado. Entrar a la Zona, incluso aunque sea solamente para recogerlos, sería interpretado por el Imperio como una declaración de guerra.

—Sólo si nos cogen.

—Estimo que hay un noventa y tres coma seiscientos veinticinco por ciento de posibilidades de que lo hagan.

Kirk le dirige una mirada curiosa.

—Eso sigue siendo un seis coma trescientos setenta y cinco por ciento de que no lo hagan y, sinceramente, Spock, la forma en que consigues ponerme esa cara de conmoción inexpresiva empieza a hacerse algo insultante.

—Estoy seguro de que no tengo ni idea de qué está hablando, capitán. Y no. Hay un cero coma cero, cero, un millón setecientos sesenta y dos mil ochocientos cincuenta y nueve por ciento de posibilidades de que pasemos desapercibidos.

—Nunca más haré cuentas delante de ti, así que deletréamelo.

—En orden de probabilidad: los reactores de curvatura pueden estropearse, una singularidad puede producirse de forma espontánea en las proximidades, el Imperio puede rendirse, la velocidad de entropía podría incrementarse conduciendo a la muerte calorífica del universo…

—¿Me estás diciendo que es más probable que llegue el fin del universo a que consigamos cruzar la frontera sin que nos detecten?

Spock calcula de nuevo las posibilidades, ajustando con las consideraciones de la presencia del comandante Scott en la nave, y el dedo roto del cadete Chekov.

—Es ligeramente menos probable que el universo acabe a que logremos atravesar una frontera altamente vigilada hacia un planeta del que los romulanos son perfectamente conscientes que queremos evacuar, sin ser detectados. Aun así…

El capitán le dedica una mirada amarga.

—Ni lo intentes. Tú ganas. Gracias por el consejo, señor Spock.

—Es mi trabajo —dice Spock con calma—. Dado que es el final de su turno y soy consciente de su tendencia a obsesionarse si se le permite ocuparse de sus propios asuntos…

—Ohhh. ¿Quieres pedirme una cita de juegos, Spock?

Modismo humano. Típico.

—No conozco el significado de…

—Y dicen que los vulcanos nunca mienten. ¿Quieres marcarte unas rondas?

El capitán da saltitos sobre los talones, energía contenida que necesita una vía de salida. Muy pocos de los tripulantes son capaces de, o están dispuestos a, proporcionarle el tipo de desahogo físico que necesita para deshacerse del exceso de frustración y, tras tres intervenciones médicas (como era predecible, ninguna de ellas al capitán), Spock ha llegado a la conclusión lógica de que es más satisfactorio ocuparse de Kirk él mismo cuando se encuentra de este humor particular.

No es un inconveniente; incluso a pesar de su inferior fuerza humana, James Kirk es un cúmulo de sorpresas y logra, en sus propias palabras, que Spock “se lo curre”.

—Si lo deseas.

—Dame una hora y me reuniré contigo en la sala de prácticas dos. Ingeniería. —Con una postura casi de atención militar, le dirige una mirada de reojo—. Admítelo; te gusta patearme el culo por toda la sala. Es catártico.

Spock no admitirá tal cosa.





—De acuerdo —dice el capitán, alzándose sobre las rodillas, y se limpia un hilo de sangre de la comisura de la boca, lamiéndose el pulgar con un repaso metódico de la lengua antes de sonreír ampliamente en dirección a Spock—. Eso ha estado bien. Y te estás conteniendo.

—Está distraído. —Spock observa cómo se levanta de un salto, aunque sabe que su rodilla izquierda sigue débil tras la última patada—. No deseo aventajarme de su falta de concentración. Esto no es una riña de bar.

—¿Te has aprendido de memoria todo mi historial, o es que has leído el diario de Pike? —El capitán se estira brevemente y luego asiente—. Diario de a bordo: Hoy he encontrado al hijo del héroe de mi infancia dándoles una paliza a unos cadetes de la Flota en un bar. ¡Ha sido una pasada! ¿Crees que le caeré mejor si le doy una nave estelar?

[NdT:

No he podido evitarlo xDDD]

—Estoy relativamente seguro de que no existe tal grabación. No obstante, admito que encontré intrigante su perfil psicológico. Había varias palabras que parecían perder significado en la traducción. Tal vez podría explicarme lo que trataba de decir el doctor Richardson con “yonki de la adrenalina”. He de admitir que, aunque comprendo ambos términos en sus formas correctas e idiomáticas…

—Sólo estás cabreado porque hay muchos planetas de clase M por aquí y le caigo demasiado bien a Scotty como para que te deje echarme de la nave —dice Jim, creído de sí—. Venga, admítelo, esto es divertido.

—No reconozco el daño físico como una fuente de diversión, capitán —contesta Spock secamente. Es un modo conveniente y eficaz de utilizar el exceso de energía y seguir mejorando la defensa; objetivos loables que tal vez un día reconozca no tienen nada que ver con la razón por la que viene aquí con Jim, y con nadie más.

—Yo he perdido la primera ronda, tengo derecho a que me tutees. —Apoyándose sobre los talones, Spock observa el lenguaje corporal de su adversario pasar de informal a decidido; concentrado, piensa Spock, mirando cómo se altera su actitud ahora que la primera emoción de la agresión ha sido saciada—. Y es muy divertido. Luchar uno contra uno, canalizar la fuerza hacia tu adversario, comprobar cuál de los dos será quien quede en pie…

—Ah. Disfrutas involucrándote en exhibiciones primitivas de dominación masculina. Fascinante.

Jim hace una mueca.

—Sí, intentaré no pensar en eso cuando me estés estrangulando. Hiere mi masculinidad. ¿Listo?

—Por supuesto.

Jim tuerce la boca.

—Tú quieres que esta tregua desaparezca tanto como yo, y ambos lo sabemos. —Y entonces ataca.

Spock está acostumbrado a esta estrategia en concreto y contraataca con pericia el primer puñetazo, retorciendo el brazo de Jim tras su espalda. Con la facilidad de mucha práctica a las espaldas, Jim se libera, conectando su tobillo con la parte posterior de la rodilla de Spock antes de que éste se dé cuenta de que ha huido. Girando sobre sus talones Jim le observa, concentrado y pensativo, olvidando todo lo que no sea lo que están haciendo.

Durante su tiempo en la Academia, a Jim se lo nombró asistente en el combate cuerpo a cuerpo, y en su última reasignación aceptó enseñar un curso corto para los cadetes avanzados, con la intención de evaluar la última tanda de reclutas o por cualesquiera que fuesen sus motivos: «Para que aprendan que el mundo no espera a que estés en guardia para darte palos; te sorprendería lo que enseña la primera botella en la cabeza sobre esperar lo inesperado.» Sus últimos seis meses a bordo de la Enterprise han visto un notable aumento en la habilidad de Jim para juzgar una ofensa como efectiva, así como para establecer una defensa más eficiente, algo que Spock está dispuesto a atribuir a sus enfrentamientos periódicos.

Está también dispuesto a admitir, en caso de que alguien le preguntara, que la práctica regular con Jim ha sido igualmente beneficiosa para él.

—Estás mejorando —dice Spock.

—Mis cadetes te pondrían las cosas difíciles a ti —dice Jim, lanzando otro puñetazo y esquivando por poco el contraataque de Spock—. Tenía que mantenerme en forma para ellos de alguna manera. Había una chica nueva, T’Prina, que nos superaba a todos, yo incluido. Y déjame que te diga que patea culos bastante bien, para ser una cadete de primer año.

—T’Prina es extremadamente eficiente —contesta Spock, recordando el archivo de la chica. La Flota ha recibido un número inusual de cadetes desde la recién establecida colonia vulcana. Aunque la Academia Vulcana de Ciencias se reformó casi tan pronto como encontraron un planeta adecuado, el limitado número de instructores ha llevado a un máximo de estudiantes por clase muy pequeño, y a una selección drástica de los participantes. Mientras esperan admisión, algunos vulcanos han decidido continuar con su educación superior en la Flota Estelar.

La lógica es impecable; pero Spock sospecha, después de haber conocido a los cadetes en la última revisión, que el pensamiento político actual puede haber tenido una mayor influencia que los aspectos prácticos. Los poco frecuentes mensajes de Sarek aluden a un conflicto entre los líderes y, lo que es aún más importante, a una consciencia de la disminuida población en comparación al resto de la Federación. Con ello viene el miedo a una disminución también en la influencia; Spock sospecha que la Academia contará con un inusual número de estudiantes vulcanos en el futuro.

—Tiene una derecha brutal y la habilidad de aparentar que está perfectamente quieta mientras te utiliza para barrer el suelo —dice Jim, jadeando, mientras atrapa la muñeca de Spock y se desliza bajo ella antes de que éste pueda escabullirse—. Pero dijo que yo era adecuado, para ser humano. Me gustaba T’Prina.

Jim le dedica una amplia sonrisa, lamiéndose una gota de sangre del labio mientras retrocede dos pasos, todo energía contenida y control casi desbocado.

—¿Ah, sí?

—La invité a una bebida. Los vulcanos no bebéis alcohol, pero ¿a quién no le encanta el café? Nadie con quien yo vaya a trabajar, eso te lo aseguro.

Los vulcanos tampoco se involucran en relaciones informales; Spock estudia la atención de T’Prina en vista a eso, esquivando los pies de Jim cuando se cuelan bajo él en el siguiente ataque. Se aleja casi inmediatamente con una voltereta, recuperando el equilibrio sobre los talones.

—No te preocupes, cree que no estoy mal para ser miembro de una especie que está a un paso de balancearse por las ramas y comunicarse a base de gruñidos. Me lo dijo con esas palabras, con el segundo café. ¿Crees que trataba de deshacerse de mí, o que se hacía la difícil?

—No he tenido la oportunidad de formarme una opinión sobre su carácter, capitán.

—Ya, como si eso fuera a detenerte. —Jim da vueltas a su alrededor lentamente, buscando una brecha en la defensa—. He estado pensando en una cosa. ¿Recuerdas cuando intentaste apoderarte de la nave a base de hacer que me volviera loco?

—Tu interpretación de los eventos es ligeramente errónea, Jim…

—Es correcta y verdadera, porque soy así de guay. Pero ahora viene la pregunta: ¿Por qué me estabas probando? ¿Qué buscabas?

—Como ya expliqué en su momento…

—Vale. —El cuerpo de Jim se tensa, preparándose—. Dime por qué querías que me expulsaran por lo del Kobayashi Maru.

Spock queda sorprendido ante su propia reacción; de repente, Jim le está mirando desde el suelo, con un aspecto increíblemente satisfecho para ser alguien a quien Spock tendrá que escoltar hasta la enfermería cuando hayan terminado.

—Ahora empezamos a avanzar.

—Tratas de provocar una respuesta emocional —dice Spock cuando el otro se levanta, algo desequilibrado pero sonriendo con aprobación.

—Y lo he conseguido —dice Jim, con aspecto sorprendido—. Y vaya una respuesta.

—Si deseas continuar con esta discusión, tal vez deberías rendirte.

Para algunas cosas, James Kirk es impredecible. Pero no en muchas otras. Jim ataca, tensando la boca, con la suficiente torpeza como para que Spock se sienta justificado a tirarlo directamente contra el suelo.

—Spock, casi diría que estás enfadado —dice Jim animadamente—. Bien. Contente con cualquier otro, pero no conmigo. Nadie con quien yo me enfrente lo va a tener fácil. Si no estás a la altura…

—Involucrarse en inútiles demostraciones de manipulación emocional…

Jim se lanza a por él, casi demasiado rápido para seguirlo con la vista, y Spock alza la mirada con sorpresa hacia un Jim que está encima de él, con el pulgar presionando contra su yugular y la mano ejerciendo la presión justa para que Spock lo sienta.

—Tú has hecho cosas peores y yo te he seguido el juego. Enséñame lo que tienes, Spock.

Spock considera la idea, subiendo una rodilla con fuerza antes de girar a Jim sobre la espalda e inmovilizarlo fácilmente.

—Eres adecuado, pero aún necesitas práctica —dice suavemente—. No me encontrarás tan fácil como a T’Prina.

Jim sonríe ampliamente con un brillo de desafío, su anterior conversación ya olvidada.

—Así me gusta. Enséñamelo.


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