ronnachu: ((ST) Captain James T. Kirk)
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¡Feliz cumpleaños, Nichelle Nichols!



Y ahora ya podemos centrarnos en la atención con la que todo el mundo escucha a Spock en Starfleet =D

Título: Llegarás al final (sólo lleva algo de tiempo)
Ubicación original: aquí.
Autora: Seperis
Traductora: Ronna
Fandom: Star Trek XI (spoilers de la película)
Pairing: Kirk/Spock
Rating: G (por ahora)
Resumen: Unos meses después de tomar control de la Enterprise, James Kirk sufre de una extraña enfermedad que Spock se siente obligado a investigar.
Notas: Referencias al episodio Amok Time de TOS.

[livejournal.com profile] sihaya_87, esto va para ti :P

UNO




DOS

—Vale, escúchame esta vez.

Spock opina que el error pudo haber estado en permitir que su relación se extendiese más allá de las inevitables clases de mando, pero no llega a encontrar la situación completamente lamentable, a pesar de la insistencia del capitán Kirk.

—Capitán…

—Deja eso ya. —Girando sobre un talón, Kirk se detiene en posición de atención en mitad de la oficina de Spock—. Comandante. Spock. ¿Comandante? No, no me voy a acostumbrar a esto en un futuro próximo. ¿Podemos dejar a un lado las formalidades? ¿Cuando ni siquiera me han dado el título todavía?

Spock no suspira mientras deja que la puerta se cierre.

—Muy bien, señor Kirk.

—Jim.

Spock nunca ha tenido esta clase de problema con ningún estudiante. También es cierto que, aunque Kirk es muchas cosas, “estudiante” es posiblemente la menos importante de ellas.

—Jim.

El capitán se apoya sobre sus talones, contento con la concesión.

—¿Aún piensas dimitir?

—Como te he informado cada vez que lo has requerido a lo largo de las últimas tres semanas, a diario, sigo…

—Considerando tus opciones, ya lo sé. —Apoyándose en el escritorio, Kirk le dirige una sonrisa cegadora—. He estado pensando…

Por alguna razón (por todas las razones), esa afirmación hace que Spock se ponga tenso. Examinando a Kirk con los ojos entrecerrados, estudia la brillante energía, recién llegada del exterior, que ocupa en estos momentos su oficina, y se pregunta por qué alguien, en algún lugar, no consideró las consecuencias de un verano en San Francisco sin nada que hacer aparte de unas cuantas clases al día y una falta de variedad en las asignaturas y los compañeros. Los otros miembros de la tripulación de la Enterprise están sometidos a un entrenamiento similar, preparándose para el lanzamiento de la nave ya reparada, pero ése es un grupo relativamente pequeño, aunque Spock se ha dado cuenta de que Kirk se ha ocupado de involucrar en eventos sociales de carácter semanal al mayor número posible de ellos, especialmente los futuros componentes del puente de mando.

Un bar, en la estudiada opinión de Spock, no es la localización más apropiada para estimular la unidad de la tripulación; pero los métodos de Kirk son distintos a los de la mayoría de capitanes en el ámbito que conoce Spock. Su juventud puede tener algo que ver con ello, pero comienza a entender por qué el capitán Pike había dicho que James T. Kirk no sería como ningún otro oficial que se recordara.

Spock admite ante sí mismo, si bien no ante Kirk, que hay peores capitanes en Starfleet con más años y más experiencia a las espaldas. Hasta donde Spock sabe, ha sido cuidadoso, evitando implicaciones románticas o sociales con gente a la que vaya a tener bajo sus órdenes, lo que ya de por sí constituye una marcada mejora respecto a tres capitanes (y un almirante) con los que Spock ha tenido trato.

(O, como Nyota le dijo una noche: «Sigue tratando de ligar conmigo, pero en general no va en serio. Aunque sería gracioso ver cómo reacciona si un día le sigo el juego.»)

Kirk quiere esta nave, y por más razones que el prestigio de la posición, y sin interés lucrativo. Eso ya es lo suficientemente extraordinario como para que, a pesar de sí mismo, Spock sienta curiosidad por qué clase de capitán será dentro de un año, de cinco; cómo lo cambiarán el tiempo y la experiencia.

—… y no es como si fueras a disfrutar… perdón, quiero decir, como si fueras a encontrar algo intelectualmente estimulante en el trazado de fronteras —dice Kirk. Spock vuelve toda su atención hacia él, observando cómo los largos dedos se abren y cierran incansablemente al borde del escritorio—. Y ni siquiera te gusta enseñar.

Spock parpadea; la observación es sorprendentemente acertada.

—Yo no…

—Te gusta estudiar, y experimentar, y te encanta descubrir cosas por primera vez pero, ya en serio. Te caen bien exactamente dos de tus alumnos de Xenolingüística, y con una de ella estás —Kirk deja una frase distinta en el aire, con una sonrisa—… desarrollando una amigable relación. Esto no es lo que deberías hacer. Venga. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Spock abre la boca para responder, y después se detiene.

—Asumo que no deseas un examen literal del potencial de…

—Nah. Piensa en positivo. Venga, hasta el embajador Spock creía que era una buena idea… Y, por cierto, gracias por no contarme que el mundo no iba a acabarse si te enterabas de su existencia.

—Según recuerdo —contesta Spock, preguntándose cuándo ha encontrado tiempo el embajador para informar a Jim de su conversación—, fue él quien implicó la existencia de tal posibilidad.

—Y tú no me contaste que lo habías conocido. —Jim parece satisfecho; suele aparentar tal cosa cuando piensa que acaba de ofrecer un argumento irrefutable.

—No tengo por costumbre informar de todas mis interacciones diarias.

Cruzando la sala, Spock se sienta en su lugar tras el escritorio, esperando estimular con ello a Kirk a trasladarse a una silla; pero el otro se limita a girarse desde su posición sobre la mesa, apartando papeles (con un cierto orden, al menos) para que no interfieran con la rodilla que cae por el borde, al parecer perfectamente feliz de quedarse ahí todo el día.

—Has rechazado tres aplicaciones a la posición de primer oficial —observa Spock. Kirk asiente—. Todos los aplicantes son oficiales con experiencia y entrenamiento mucho más avanzados que los tuyos; que los míos, en realidad.

—Sí, ése es el problema. No quiero hacer esto como lo haría cualquier otro. Quiero hacer esto como nosotros lo haríamos. —Kirk se pone cómodo para lo que parece una larga conversación—. Necesito a alguien con experiencia en la “enorme y peligrosa aventura que constituye el espacio” —Spock observa los dedos de Kirk al hacer el gesto de las comillas, y se pregunta quién ha sido el desafortunado que ha intentado hablar con él de forma seria—, y tú necesitas a alguien que discuta contigo sin esconderse debajo de la mesa para hiperventilar.

—Nunca he presenciado una actitud…

—Oh, por favor. Es sólo que estás acostumbrado. Porque, de verdad, si nunca te has dado cuenta de cómo se encoge la gente cuando empiezas a ponerte vulcano…

—¿Ponerme vulcano?

—Ya sabes. Esa expresión de “mi superioridad es tan vasta que no puedo molestarme en mostrarte cuán equivocada estás, indigna criatura humana”. —Spock sospecha que el tono inexpresivo trata de ser una imitación del suyo—. ¡Sí! Ésa. Mírate en el espejo. Ésa es la que hace que todo el mundo quiera encontrar algún lugar nuevo y aburrido en el que estar, que no sea cerca de ti. —Jim frunce el ceño—. Quiero decir, a mí me gusta, pero, ya sabes, gente. —Hace un gesto con la mano hacia la puerta, al parecer indicando la Flota o, tal vez, todo el cuadrante; no hay forma de estar seguro—. Y yo no tengo problemas con que aterrorices a mi tripulación. Es divertido.

Honestamente, Spock no es capaz de formular una respuesta ante eso.

—Mira, sólo piénsatelo, aunque sea para que Pike deje de tener aspecto de estar preguntándose cómo eran las drogas que le daban en la enfermería cuando pidió que me dieran la Enterprise. Y sé de buena tinta que eran muy, muy buenas. —Deslizándose del escritorio, Kirk le dedica un ridículo saludo militar—. Tengo una cita con un gorn y al menos dos hypos para las heridas cuando haya terminado de barrer el suelo conmigo. Le veré mañana, comandante.

Spock observa cómo Kirk se va, un remolino de energía que hace a la oficina parecer más pequeña y oscura tras su partida; una experiencia comparativa que, Spock lo sabe bien, es resultado de una percepción subjetiva, pero no menos cierta por ello. Tras unos minutos, renuncia a intentar terminar las evaluaciones y envía un mensaje a la oficina del almirante Pike, solicitando una reunión.

La respuesta es casi inmediata; Spock sospecha que no es el único que ha sido bendecido con la atención concentrada e ilimitada del capitán más joven en la historia de la Flota Estelar.





—Spock —sonríe Pike, señalando una silla. Spock se descubre examinando el notablemente limpio borde del escritorio, a pesar del desorden que tiende a acumularse en el espacio restante, y supone que el señor Kirk debe de haber efectuado ya su visita diaria—. ¿Jimmy ha vuelto a molestarte?

Spock se sienta con cierta incomodidad.

—Ha sido muy… persistente.

—Ya vamos por cinco rechazos rotundos —dice el almirante, mirando su pantalla con expresión pensativa—. Descartó a los dos últimos en cuanto le llegaron las aplicaciones, hace una hora. Ni siquiera las ha leído. El Almirantazgo no está contento.

—El estado emocional del almirantazgo tiende a encontrarse en constante fluctuación en lo que concierne al capitán Kirk, señor —observa Spock, y Pike sonríe ampliamente.

—Estás desarrollando tu sentido del humor.

—Le pido que no me insulte, almirante. —Spock inclina la cabeza mientras la sonrisa de Pike se ensancha—. Comprobé las últimas dos aplicaciones personalmente, en cuanto a experiencia y compatibilidad. Se está comportando de forma deliberadamente difícil.

—Se mantiene en sus trece, sí —está de acuerdo el almirante—. En estas circunstancias, y considerando que no ha tratado aprovecharse de su posición para conseguir favores, la Flota no quiere presionar en el asunto. Por ahora. Kirk está convirtiendo esto en una misión suicida: o eres tú, o es una imposición directa, y creo que ambos podemos deducir con qué clase de persona le harán cargar si tienen la oportunidad. Y cuánto tiempo durarán, exactamente.

Las proyecciones de Spock no muestran conclusiones satisfactorias en cuanto a los candidatos que el Almirantazgo podría considerar apropiados para el puesto de primer oficial del capitán Kirk.

—Ya veo.

—Sé que ésta no es la situación que considerarías ideal…

—Deseo aceptar la oferta del capitán Kirk, señor.

El almirante levanta la cabeza; Spock no recuerda ningún otro momento en su historia compartida en el que Pike haya tenido un aspecto tan sorprendido.

—¿En serio?

—Los vulcanos no bromean, almirante.

—Ya. —Pike recoge un papel y lo vuelve a soltar, sin indicación alguna de saber lo que está haciendo—. Spock, soy consciente de que la Flota te ha sometido a mucha presión para que aceptes la posición, considerando tu historia con él. —Vacila—. Por sus propias razones.

—Han dejado claro que esperan de mí el ejercicio de una influencia de contención sobre el capitán. —Algunos fueron menos sutiles en sus expectativas, una situación acerca de la cual Spock se siente cualificado para afirmar que, si hubiese sido humano, la habría encontrado tan desagradable como ofensiva. Era la clase de asunto, sin embargo, que sospecha encontraría divertido el capitán Kirk.

Típicamente, el almirante Pike es más directo.

—Arréglalo, o encuentra una razón para que lo echen a patadas de la Flota Estelar, sí.

—Las motivaciones y opiniones de la Flota no tienen relación con mi decisión.

Pike lo estudia con detenimiento.

—Kirk podría convencer a cualquiera de prácticamente cualquier cosa —dice, despacio—. Pero esa clase de estrategia tampoco funcionaría contigo. ¿Lo sabe él ya?

—No, señor.

—Hmm. —Recostándose en la silla, Pike coge una pluma estilográfica y la cambia de posición repetidamente entre los dedos—. ¿Quieres que bloquee las próximas aplicaciones?

—Apreciaría sus esfuerzos en la redirección de nuevos candidatos, señor.

El almirante asiente con gesto pensativo.

—Y tienes tus propias razones para no contárselo y sacarnos a todos de su miseria. Que no vas a compartir.

—Su relación con el capitán Kirk es de mayor duración que la mía, pero creo que puedo afirmar con cierta seguridad que he llegado a comprender, hasta cierto punto, cómo funciona su mente. Será beneficioso para todos que el capitán… siga considerando esto como un reto a su ingenio.

—Está acostumbrado a trabajar por lo que quiere; así es como sabe que vale la pena. Y a ti te gusta mirar —la boca de Pike forma una breve sonrisa—. Tú eras mi primera opción, igual que él fue mi primera opción para ti cuando se te iba a asignar la Enterprise. Pero me gustaría oír tus razones.

—¿Se requieren, señor?

Pike se acomoda en la silla.

—¿Sabías que se las ha arreglado para plantarse aquí a la hora del almuerzo todos los días de esta semana? Sospecho que si tuviera una hija adolescente con un cuelgue, las conversaciones con ella serían muy parecidas a esos almuerzos. Así que dame el gusto. Creo que me lo merezco.

Spock considera la definición de “cuelgue” y la compara con el comportamiento del capitán Kirk. No es del todo desacertada.

—Sería un desafío trabajar con él, señor.

—Spock, tú no haces nada que no sea un desafío. Te buscas tus propios desafíos cuando la Flota Estelar no te los ofrece. Dame algo mejor.

Spock duda.

—Sería acertado decir que ambos saldríamos enriquecidos de la experiencia. Nuestras virtudes son complementarias y…

—Bla, bla, bla. Te han reclutado diez capitanes distintos en los tres años que has estado aquí, y los has rechazado directamente, y ninguno de ellos tenía la historia que tú y Jimmy ya os habéis apañado para acumular. Hazlo mejor.

—Ha declarado que no tiene objeciones…

—No las tengo. De hecho, si dependiera de mí, congelaría la posición y le dejaría trabajar solo antes de arriesgarme a presenciar la cagada que puede provocar el Almirantazgo para tenerlo controlado, hasta que os rindáis. La teniente Uhura tiene las cualificaciones suficientes como para ejecutar la posición provisionalmente, y es perfectamente capaz de evitar que se lance de cabeza al escenario invencible más cercano sólo para demostrar que puede vencer. Pero no creo que quieras hacer esto para salvar a Kirk de sí mismo.

Spock considera su respuesta; a pesar de las razones cuidadosamente consideradas que hacen de ésta una elección lógica, hay un núcleo muy real que, Spock es consciente de ello, carece por completo de lógica.

—Dijo usted una vez que los oficiales de la Flota Estelar se habían vuelto demasiado predecibles en sus reacciones —contesta—. Y que nuestra mayor debilidad era el habernos quedado atascados en nuestro propio miedo a lo desconocido tras los eventos del Kelvin, permitiendo que la rutina sustituyera a la creatividad, y que la conformidad se hiciera el rasgo más esencial de un oficial de la Flota. Aunque Kirk aún debe aprender muchas de las virtudes de un capitán de éxito, el tiempo y la experiencia corregirán esas carencias; ha mostrado un ejemplar…

El almirante Pike parpadea una vez.

—Spock. Limítate a decir «No confío en que la Flota Estelar no estropee al único capitán del cuerpo al que puedo entrenar en base a mis expectativas, y que disfruta corriendo hacia el peligro con los ojos vendados tanto como yo».

Spock se pone tenso.

—¿Señor?

—Spock —dice el almirante, con voz más suave—. Yo fui tu consejero, elegí tus primeras misiones; sé por qué das clase en la Academia, y sé por qué insististe en la vista disciplinaria cuando hizo trampas en el Kobayashi Maru. Verás, no necesito realmente que me digas por qué haces esto; esa parte la entiendo. Lo que no sé es qué te hizo cambiar de opinión.

—No comprendo por qué eso es relevante…

—Sí, lo comprendes; y yo voy a dejarlo pasar, pero apuesto a que él no lo hará, y un día te lo va a preguntar. —Antes de que Spock pueda contestar, Pike sacude la cabeza—. Tu posición está aprobada; la enviaré discretamente por la cadena de mando para que no se entere.

Spock se pone en pie, sintiéndose extrañamente inquieto.

—Gracias, almirante. Aprecio su discreción. —Pike se encoge de hombros.

—Por fortuna, me mandan a Tokio para una consulta, así que serás el único que quede aquí para que ser objeto del entretenimiento de Jim en su tiempo libre durante las próximas dos semanas. —Spock deja que el silencio valga como respuesta. El almirante resopla, divertido—. Hágalo a su manera, señor Spock. Yo, por mi parte, esperaré impacientemente ver en qué estado planean usted y el joven Kirk dejar la galaxia cuando hayan acabado con ella. Puede retirarse.





Jim no duerme en absoluto esa noche; hasta las más ligeras cabezadas dejan su mente indefensa. Incluso alguien sin capacidades psíquicas podría sentir la incómoda tensión que provoca la mezcla de emoción y fisiología, en combinaciones que un cuerpo humano nunca debería experimentar. Spock renunció a la meditación después de dos horas, la consciencia de la presencia de Jim a un estrecho muro de distancia casi tan poderosa como la consciencia que tiene Jim de él.

Una hora más tarde, la puerta se abre y Jim lo mira sin esconder su agotamiento.

—Arregla el replicador o dispárame, porque si no me voy a romper y te aseguro que te arrastraré conmigo.

Spock se desenrosca desde el suelo.

—Yo puedo…

—Ya te he dicho…

—Para ayudarte a dormir.

La boca de Jim se estrecha, sus ojos con un tono azul eléctrico bajo la tenue luz. Tras unos segundos de duda, entra en la habitación, cerrando la puerta de una patada antes de sentarse en el borde de la cama, aún hecha.

—Tú tampoco has dormido.

—Era consciente de las consecuencias de…

—Ya, claro que lo eras. Pirateaste mis informes médicos. —Girando, Kirk se tumba de espaldas, parpadeando en dirección al techo—. Te… ¿Te afectará a ti?

Spock estudia la pregunta, planeando la respuesta cuidadosamente.

—La situación no tiene precedentes, pero no creo que pueda afectarme contra mi voluntad.

—Porque si los dos estamos…

Al sentarse al borde de la cama, Spock siente la tensión de Jim.

—Cierra los ojos. —Después de un segundo Jim obedece, aunque la tensión de su cuerpo no cambia, y se encoge ante el primer toque sobre su cara—. Mi mente a tu mente.

Con un suspiro, Jim gira la cabeza y sus ojos se abren, aturdidos, cuando se relaja de golpe.

—Spock —exhala, y el vulcano lucha contra el impulso de acercarse; eso no va para él—. Había una chica…

Él no conoce.

—Mis pensamientos a tus pensamientos —susurra Spock, controlando el asalto de recuerdos y emociones del primer contacto. La mente de Kirk se abre fácilmente, acogedora, esperanzada, asustada, con una rabia que fluye bajo la superficie como un río a punto de rebasar las riberas, una inundación repentina que pasa a través de su cuerpo.

Haré lo que debo, T’Pau, pero no con él.

—Hay siempre una chica, con nosotros —susurra Kirk con aspecto ausente—. Era más fácil que admitir lo que ambos ya sabíamos.

Spock lucha contra el temblor, pero no puede luchar contra el modo en que Kirk se acerca a él, abierto, ansioso, dispuesto, completamente centrado en este momento y lugar. Sorteando entre los recuerdos, Spock los va apartando T’Pring, aliviándole calor y odio, el roce de la arena quemada por el sol y la roca desnuda y despiadada, y una amistad que los definía mientras ellos definían en qué se convertiría la Federación.

Su sangre no arde. Es mi amigo.

—Luché contra ti en las arenas de Gol, pero me habría enfrentado a ella.

No tendré ni una ni otra.

—Habría luchado por ti contra ella, y hecho mi reclamación, allí y en ese momento. La habría matado. En lugar de eso…

He matado a mi capitán y mi amigo.

—Spock —exhala Jim, su mano deslizándose sobre la de Spock, lleno de un sufrimiento que consumía la lógica y la razón, y una desconcertante alegría que emborronaba el mundo—, te he echado tantísimo de menos…

—Duerme —susurra Spock, y los ojos azules se cierran.

—… loco —Jim suspira, dejándose caer, demasiado despacio, su cuerpo luchando incluso aunque su mente no lo haga—. Me vuelves loco. Sé que no es real —su voz es un suspiro—, pero se siente real.

Spock espera hasta que Kirk se calma, una masa desarticulada de puro agotamiento. Dos horas, tal vez tres, antes de que vuelva a despertar. No va a mejorar, Spock lo sabe; lo que no saben es con qué rapidez empeorará.

Apartándose de la cama, Spock nota el delicado hilo de consciencia que ha construido entre los dos ganar fuerzas, las suficientes como para avisarle cuando Jim despierte, y decide que es un momento aceptable para ajustar el replicador.


TRES
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