ronnachu: ((ST) Kirk & Spock)
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Parte 1
Parte 2
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Al coagular, la sangre vulcana adquiere el mismo color negro pardusco que la humana. No es un pensamiento reconfortante. Le da la sensación de que Spock podría ser tan vulnerable como él, como cualquier simple humano, y eso no es lógico. Spock debería estar hecho de otra pasta. Debería ser invencible.

–Pareces preocupado –dice el vulcano, saliendo de su estado de meditación. Jim hace un sonido que no quiere decir absolutamente nada mientras espera a verlo abrir los ojos.

–Gracias, Spock.

–Era mi obligación.

–Y la mía es valorar tu trabajo, así que te callas y lo aceptas sin hacérmelo difícil.

Spock asiente con seriedad.

–De nada.

Quedan un momento en un silencio roto sólo por el bip-bip del ordenador que controla las vitales de Spock, rápidas y regulares. Jim, sin apartar la mirada de sus ojos, coloca una mano sobre el pecho del otro. Los latidos llegan desde un sitio que no es del todo correcto, y son demasiado fuertes, como si se bombeara más sangre de la cuenta, pero Bones nunca podrá decir que no tiene corazón. Es un hecho palpable, está ahí, igual que las ocho veces –y contando– que Spock le ha salvado la vida en lo que llevan de viaje juntos.

De repente, ese contacto no es suficiente. Quiere –necesita– sentir a Spock a su lado, resaltar sus semejanzas y diferencias, absorber algo de ese calor corporal que tan bien le vendría ahora. Mirándolo –sin dejar de mirarlo, los parpadeos le parecen una pérdida de tiempo–, abre las sábanas de su cama en la enfermería y se cuela dentro, botas incluidas. Una de las cejas de Spock sube hacia su flequillo, perfectamente liso y peinado incluso ahora; Jim la recoge con un dedo y la acompaña de vuelta abajo, alargando el contacto en una caricia por el lateral de su cara y subiendo después hacia la punta de su oreja izquierda.

–Jim –casi juraría que la palabra ha sonado algo entrecortada.

–¿Sí? –ahora es cuando vendrá el “aquí no”, o el “no es el momento”, o el…

–Creo que lo lógico ahora sería besarme.

Kirk sonríe de oreja a oreja. No se hace de rogar. Ya habrá tiempo para juegos; esto de aquí es una expresión de confianza, y tal vez Spock necesita estar cerca de él tanto como lo necesita Jim.

Lo besa, hundiendo la mano en su pelo. Lo besa bajándola por su cuerpo, y trata de acercarse siempre un poco más. Se cuela bajo la camisa azul, y explora buscando conocer más, tocar más, de forma casi inocente. Casi; él es James Kirk, después de todo, y no se resiste a frotarse contra sus caderas, de lado bajo las sábanas. Spock se deja hacer en silencio, con los ojos abiertos clavados en los suyos o bajando hacia el entramado de sus cuerpos, como si no quisiera perderse un detalle. Jim se acaba de proponer como objetivo arrancarle algún sonido –un gemido, un jadeo, un puto suspiro–, cuando le nota enderezarse y separarse un poco.

–El doctor McCoy.

–¿Eh? –Jim lo mira sin entender.

–Viene hacia aquí.

–¡Ah!

Se precipita fuera de la cama y sobre una silla, la adrenalina corriendo por su cuerpo. Recuerda todas y cada una de las veces que ha tenido que salir disparado de una cama; por alguna razón, no le parecen tan divertidas como el momento en que la puerta se abre y él toma una pose inocente ante la mirada de mamá McCoy y su auscultor diabólico.

–¡Jim! ¡Te tengo dicho que dejes descansar a mis pacientes! Un día voy a poner una verja en torno a la enfermería y repartir tu foto a los guardias.

–Vendré a firmarles un autógrafo y se rendirán a mis encantos, Bones. Asúmelo, es inútil –contesta Kirk alegremente mientras se levanta, y le quiña un ojo a Spock antes de salir. Está bastante seguro de que camina como un adulto, sin dar saltitos, hasta que llega al pasillo.

–¿Y a éste qué le pasa ahora? –oye preguntar a Bones, seguido por la voz perfectamente modulada de Spock:

–No tengo ningún comentario que hacer al respecto.


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Aparentemente Spock va en serio, porque durante las siguientes dos semanas, el capitán de la Enterprise no consigue arrancarle ningún comentario al respecto. En el puente de mando, las cosas siguen prácticamente igual: Spock hace su trabajo con la eficacia de siempre, le da las mismas palizas de siempre jugando al ajedrez, sus razonamientos de siempre llevan a nuevas y emocionantes conclusiones en la mente de Kirk. En la privacidad de sus habitaciones, la rutina es distinta: Jim se acerca a él, charlan un rato, y en cuanto la conversación se acerca a terrenos pantanosos –es decir, cualquier cosa incluso remotamente relacionada con ellos dos y adónde van con esto y qué quieren hacer–, terminan inexplicablemente sustituyendo la conversación por un ejercicio de lenguas algo distinto, porque Spock tiene alguna técnica vulcana súper secreta para parecer de repente más guapo de la cuenta y provocarle. Ésa es otra: Spock provoca, pero jamás da el primer paso. Esto no estaría tan mal, si al menos hicieran algo, pero es que es sólo besar. Si la cosa se calienta más de la cuenta, Spock se despide, o lo despacha, o habla de el tiempo que debería estar dedicando a meditar. La situación desemboca en un capitán de nave espacial incapaz de centrarse en su trabajo por culpa de un calentón permanente y sintiéndose, por primera vez en su vida, como el más maduro de los dos.

Si no fuera porque es totalmente ilógico, Kirk diría que su primer oficial está tratando de evitarlo.

No puede quejarse, exactamente. Estaba dispuesto a ir despacio, seguirle el ritmo y aceptar las diferencias entre ellos. Sabe que no será fácil y, de hecho, probablemente perdería el interés si lo fuese. Él avanza de reto en reto, y Spock va siempre dos pasos por delante, con gestos que lo animan a perseguirle. Jim mentiría si dijera que no lo intriga, ahora más que nunca, el misterio de Spock.

Y es que una vez atravesada cierta barrera, Spock se descubre bajo una luz totalmente nueva. Una vez se para a pensarlo, tiene sentido, pero la verdad es que a Jim jamás se le habría ocurrido que la actitud lógica en la cama es una de entrega, desinhibición y sinceridad hasta puntos que a él mismo lo avergüenzan a veces. No es ningún primerizo, y sin embargo Spock le hace sentir como un crío cuando no pierde un milímetro de compostura al decirle en qué postura lo quiere, ni al lamerle el pecho centímetro a centímetro, como si fuera una misión de máxima prioridad.

Jim va elaborando mentalmente una lista cada vez más larga de fetiches que no recuerda tener antes, como el de la lengua de Spock –especialmente cuando dice palabras largas–, el de sus rodillas, o el que los domina a todos: sus manos. Sus largas manos, que acarician los controles del puente con la misma fascinación que las piernas de Jim. Sus manos cálidas y elegantes, que parecen moverse con vida propia y con la precisión exacta, sin un momento de vacilación. Sólo pensar que aún no le ha tocado la polla –no hay pollas, ni una, nunca. Al parecer, hay una enorme señal de TERRENO VEDADO alrededor de ellas. Y eso que tiene comprobado que los vulcanos tienen de eso. Incluso se ha dado cuenta, con el primer y único gemido de Spock en un roce accidental (¿accidental?, ¿seguro?, ¿lo fue? ¿Se está volviendo paranoico?), de que la suya se encuentra en perfecto estado de funcionamiento. Pero no. Hay. Pollas– lo deja en un estado de nervios y anticipación que no recuerda haber experimentado desde hace años.

Si algo no cambia pronto –sabiendo que con “algo” quiere decir sexo, y con “pronto” quiere decir ya–, Jim va a verse emocionalmente comprometido por cada puta misión que incluya tener que llevar pantalones.


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Le cuesta creer que vaya a ser Bones quien lo ayude esta vez. De entre todo el mundo. Bones. Al parecer, el doctor se ha dado cuenta de que Kirk no está excesivamente centrado en, bueno, lo que tiene que estar centrado. Y lo primero que ha hecho, una vez descartado el método “insultar al paciente hasta que haga algo al respecto”, es ir a hablar con Spock. Que a su vez ha ido a hablar con Jim. En su habitación. Ni siquiera recuerda la última vez que Spock entró en su habitación, y ahora de repente viene con intención de hablar. Justo cuando estaba fingiendo que le interesaban los informes de Starfleet. Justo cuando él lleva dos semanas pensando que tienen que hablar, y sin conseguir más que sospechosas marcas en el cuello. Por un momento se plantea devolverle la jugada y decirle que está muy ocupado.

–Pero, ¿en serio? ¿Bones ha ido a hablar contigo? ¿Sobre mí?

–Exacto. El doctor McCoy ha sido bastante explícito a la hora de expresar su preocupación en cuanto a tu comportamiento.

–¿Qué sabe?

–Nada que no salte a la vista: algo altera el comportamiento de su capitán, que pasa más tiempo libre del habitual con un vulcano. Mi impresión es que piensa que estamos involucrados en una fusión de mentes de carácter habitual.

–Ah.

–No se equivoca, sin embargo, en cuanto al causante de esta situación. Su visión del asunto me ha proporcionado nuevos datos que contrastar, para con ello darme cuenta de que mi comportamiento no ha sido el más lógico. Te pido disculpas, Jim.

Kirk parpadea. Dos veces.

–¿Estás…? ¿Estás reconociendo que no has usado la lógica? –el concepto es tan nuevo y desconcertante que no sabe qué hacer con él–. Y estás pidiendo perdón. ¡Estás pidiendo perdón! ¿Tú, el señor Soy-Tan-Increíblemente-Superior-A-Ti-Que-Ni-Siquiera-Necesito-Un-Nombre Spock?

El aludido arquea una ceja durante un segundo, y baja la cabeza. Kirk juraría que la emoción que más le cuesta controlar ahora mismo es vergüenza.

–Te pido disculpas. No volveré a actuar de esta…

–Espera, espera un segundo. Aquí me estoy enterando sólo de la mitad de la película, y más te vale no irme a dejar así. ¿Qué es exactamente lo que has hecho y por lo que tienes que pedir disculpas? Y, sobre todo, ¿cómo pretendes que sea la cosa a partir de ahora?

Spock expulsa aire por la nariz y pasea la mirada por el cuarto de Jim.

–Tal vez sería conveniente que nos sentásemos –dice suavemente, y Kirk le señala el sofá antes de ir a por unas bebidas. Cerveza para él, té para Spock. Se sienta a una distancia prudencial y pone cara de escuchar. Spock pone cara de conversaciones serias. Casualmente, es la misma que la cara de conversaciones casuales, y la de discutir con Bones, y la de lamer los dedos de Jim uno a uno. No ayuda mucho, la verdad–. Existen numerosas diferencias entre la fisiología y la psicología de un vulcano y un humano –empieza, y Jim se pierde inmediatamente–. El humano es un ser muy físico, a veces basado en instintos básicos, que se relaciona con otros necesariamente, buscando una constante reafirmación de su persona. Buscando seguridad en sí mismo.

» El vulcano es una criatura que basa la totalidad de sus acciones en la lógica y la eficiencia. Es, también, un telépata; su interacción con otros vulcanos está íntimamente ligada a este hecho, ya que puede intercambiar pensamientos con otros de su entorno, en mayor o menor grado según su familiaridad con ellos. Esto lo hace, a un tiempo, más autónomo, porque no necesita el contacto constante con otros para verse vinculado a una comunidad, y más dependiente, porque sus lazos con aquellos que lo rodean son profundos y subconscientes.

» Yo –dice Spock– soy un híbrido.

Kirk abre la boca para decir algo, y luego la cierra para no alterar el ambiente. La cadencia de la voz de Spock es casi hipnotizadora, narrando los hechos como si fuera el narrador de una historia con la que no tiene nada que ver. A Jim le gustaría estar dentro de su mente, y analizar los pensamientos que oculta tras cada palabra, pero no tiene más remedio que conformarse con adivinar a partir de sus ojos impenetrables.

–Esto implica –continúa Spock– que pertenezco a dos mundos, sin llegar a sentirme completamente perteneciente a ninguno. Mi mente comparte la telepatía vulcana, y sin embargo el exceso se hormonas en mi organismo altera mi flujo sanguíneo, haciendo difícil mi control de emociones. Aprender el arte de la meditación fue extremadamente difícil en mi infancia, y es por tanto una técnica que conservo en alta estima; hasta el día de hoy me irrita sobremanera no lograr en todo momento la regulación de mis funciones vitales, ya que me recuerda las diferencias que existen entre mi persona y los que me enseñaron. Todos estos son hechos con los que he convivido siempre, y que he asumido, para convertirme en la persona que soy actualmente. Son también hechos que determinan en gran medida mi relación con las personas que me rodean.

» Puedo lograr la sintonía mental con un miembro de la especie vulcana, porque tengo la capacidad de practicar la telepatía con perfecta fluidez. Sin embargo, mi exceso de emociones llega a resultar incómodo, incluso desagradable, si me involucro en una fusión de mentes completa en que no puedo mantener mis barreras. Por el contrario, puedo sentirme liberado en mis relaciones humanas, pero echo en falta la sincronización de los pensamientos, la unificación de los deseos, y el orden perfectamente calibrado de una mente vulcana.

» Cuando mi planeta natal fue destruido, sentí la desaparición repentina de millones de mentes en la red telepática. Incluso a pesar de la distancia, física y emocional, a la que me encontraba de ellos, noté su ausencia. Aún la noto, como un vacío en mi círculo social… como una emoción, un sentimiento de pérdida –Jim traga saliva, recordando la soledad del Spock futuro–. Desde ese momento, mi necesidad de contacto mental se ha visto acuciada, y encuentro el contacto humano excesivamente –hace una breve pausa, tal vez buscando la forma correcta de expresar lo que quiere decir– carente de las características que yo necesitaría en un compañero.

La última frase es como un jarro de agua fría. Cayendo por la espalda de Jim.

–Lo que estás diciendo –gruñe, tratando de no alzar la voz– es que un humano no es suficiente para ti.

–En estos momentos, mi equilibrio entre las dos partes que me conforman ha sido gravemente dañado, y me encuentro ante la necesidad de compensar sus carencias. Una especie sin habilidades telepáticas…

–Es decir –interrumpe Kirk, levantándose bruscamente para ponerse a pasear arriba y abajo–, que estas dos semanas has estado… ¿qué? ¿Jugando conmigo?

–No, Jim –responde Spock, perdiendo momentáneamente su tono inexpresivo antes de recuperar el control–: No. Mis sentimientos respecto a ti son complejos, y más intensos de lo que podría esperarse.

–Ya. Vale. Ahora explícame, porque te juro que no entiendo nada, explícame la lógica de tus acciones últimamente en respecto a lo que acabas de decir.

Spock toma el primer sorbo de su taza de té, que también es el último porque la taza vuelve a la mesa vacía. Después junta las manos sobre el regazo.

–Sinceramente, conociendo tu historial de conquistas sexuales, dudaba que tú tuvieses intención de mantener conmigo algo más que relaciones esporádicas. Tal impresión hacía, en cierto sentido, que mis propias intenciones perdieran importancia…

–Tal impresión es falsa, Spock, y creo que tú lo sabes. Creo que lo sabes tan bien como yo –Jim habla entre dientes, notando algo parecido a la rabia extenderse por su cuerpo–. Mi historial dirá lo que quiera decir. Daba por hecho que tú entendías, que tú… –le parece que Spock ha acusado el golpe, pero no tiene forma de saberlo. Parece dudar–. ¿Sabes qué creo, Spock? Que te estás engañando a ti mismo. Creo que todo esto es sólo la excusa que te cuentas, y que tal vez, sólo tal vez, tienes un poco de miedo.

El vulcano ladea la cabeza, y no desmiente la acusación inmediatamente.

–Si tengo que ser sincero, Jim, no logro encontrar una respuesta adecuada a mis propias acciones, basándome exclusivamente en la lógica. Puedo hacerlo si añado a la ecuación una cierta cantidad de… ansiedad.

–¿Ansiedad por qué, Spock? ¿Qué quieres?

–Quería… –parece avergonzado, y Jim se maravilla ante sus contrastes: es capaz de hablar sin pudor alguno sobre sexo, pero las emociones son para él un terreno desconocido, cargado de tabúes–. Quería que no te fueras.

–¿Qué?

–Mi conclusión era que, si manteníamos relaciones sexuales, terminarías perdiendo interés. No deseaba que eso sucediese.

Ahora empiezan a hablar claro. Jim se queda con la boca abierta, analizando toda la información que acaba de recibir.

–Y no querías hablar, porque tenías miedo de contarme toda esa mierda de que no puedes mantener una relación. Es decir… que no ves lógico comprometerte conmigo, pero te niegas a despedirte de mí… debido a tus emociones. Vaya, Spock –le dirige una mirada evaluadora, casi burlona–, ésa es una reacción muy humana, típica del dilema humano más antiguo. No me lo esperaba de ti.

Al parecer, el vulcano está tan sorprendido por esta conclusión como él. Si fuera posible, hasta diría que está confuso. Ni siquiera se muestra insultado ante la acusación de excesiva humanidad.

–Una vez más, te ofrezco mis disculpas.

–Bah –Jim las desecha con un gesto de la mano y una sonrisa–, aceptadas, o lo que sea. Espero que no tengas un ritual de reconciliación, porque tenemos que discutir la parte de tu discursito que no acepto –Spock levanta una ceja–. Me niego a tragarme que una mente humana no puede hacerte sentir conectado, o acompañado, o lo que sea, Spock. Seguramente no te has encontrado aún con la adecuada. El viejo Spock fusionó su mente con la mía y sentí como si lo hubiera hecho millones de veces antes. No había nada fuera de lugar o antinatural en aquello. ¿Y qué vas a hacer si no, esperar a que llegue una chiquilla de orejas puntiagudas a mirarte por encima del hombro porque tienes más emociones de la cuenta?

–Jim, no…

–Es lo que harán, Spock, es lo que han hecho toda tu vida. No puedes ir esperando a tu príncipe azul; tienes que analizar lo que hay, y dar oportunidades a las cosas que lo merecen. Tienes que darme una oportunidad a mí, que ya estamos de acuerdo en que me he colado por tus emociones. Pero conmigo te puede unir mucho más que un vínculo emocional, o físico, o mental. Tú y yo podemos tener los tres, si queremos. Ponme a prueba.

–Pero, Jim…

–Y hay otra cosa que no has tenido en cuenta aquí –sigue interrumpiendo Kirk, casi divertido por la sutil evolución hacia la exasperación en el rostro del otro–. Tú eres súper lógico y distinto y superior, bla, bla, bla. ¿Y qué hay de mí? ¿Acaso no va a resultar duro para mis costumbres emocionales? ¿Acaso no voy a querer, no sé, que me digas mariconadas y me lleves flores y te portes como una tía humana? Pero estoy dispuesto a renunciar a cualquiera de las cosas que podría darme un miembro de mi especie, Spock, porque te conozco y… y sé que tú eres lo que quiero –es el turno de Kirk para bajar la cabeza–. El resto son detalles, excusas para huir de lo que quieres cuando tienes miedo de que salga mal.

Trata de mirar a cualquier sitio que no sean los ojos de Spock. Es una misión sorprendentemente difícil, sobre todo por el tiempo que tarda éste en volver a hablar. Cuando lo hace, el tono ya no es tanto de queja como de resuelta resignación. Kirk se esfuerza en no sonreír demasiado; sabe que aún no han terminado.

–¿Qué hay de nuestra posición en el mando de la USS Enterprise?

–¿Qué problema hay? No seríamos la primera pareja formada en un puente, no hay regulaciones en contra. Y no tuviste problemas con Uhura, ¿no?

Es un argumento bastante infantil, y es consciente de ello, por lo que se sorprende un poco cuando Spock le sigue por ahí.

–Uhura no era mi capitán. Por otro lado, ella no es tan…

–¿Guapa? ¿Valiente? ¿Inteligente?

–… emocional.

–Ah, así que es eso –ahí Kirk nota el golpe bajo, y deja que el enfado se note en sus ojos, aportándole convicción–. No crees que pueda efectuar las decisiones correctas debido a mis emociones. Pues te voy a decir una cosa, Spock. Soy humano, algo de lo que estoy bien orgulloso. Eso quiere decir que voy a verme emocionalmente comprometido por cada puta misión en que me involucre, y que voy a dudar y sufrir cada vez que tenga que mandar a alguien al peligro, y arriesgar todo el puto universo si ello me da la oportunidad de salvar a uno solo de mis hombres. Ya lo conozca de vista, o esté follando con él todas las noches.

» En lo que llevo de mando he perdido a cuarenta y siete miembros de mi tripulación. Todos y cada uno de ellos pesan sobre mi conciencia, con nombre y apellido, y pienso en ellos todo el tiempo. Eso, en mi opinión, no es una debilidad: es mi deber, como responsable de sus vidas y como general que los ha enviado a la muerte. Pero también he conseguido que las más de quinientas personas que han pasado por aquí, y algunos millones que habitan la Tierra, sigan con sus vidas y sus trabajos.

» Soy un buen capitán, Spock, tú sabes eso mejor que nadie. Puedo asumir decisiones difíciles y llevarlas hasta el final. ¿A veces me dejo llevar por mis sentimientos? Puede. Pero para eso estás tú, primer oficial. Para ser el cabezón lógico que siempre eres, y estar ahí para salvarme el culo cuando meta la pata. Tengamos lo que tengamos, eso no va a cambiar. Tú seguirás siendo vulcano, y yo seguiré siendo yo.

Se deja caer en el sofá y toma un largo trago de cerveza. Se siente como si acabara de exponer su inocencia ante todos los admirales de Starfleet, y ahora sólo faltasen el veredicto y la condena. No tiene muchos más ases en la manga. Es el turno de Spock, que lo evalúa atentamente durante lo que parece una eternidad.

–Está bien –dice, al fin–. Calculo que nuestra relación tiene la suficiente probabilidad de éxito, y puede aportarme la suficiente experiencia, como para arriesgarme a introducirme en ella.

–Ya, claro –sonríe Jim, ampliamente. Y tu padre seguramente se llevó a tu madre a Vulcano porque era la elección más lógica, no te jode–. ¿Eso significa que ya puedo besarte?

–Afirmativo –dice Spock, y está casi seguro de que eso que le borra de los labios es algo parecido a una sonrisa.


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–Spock –murmura Jim, y el nombre suena distinto cada vez, como cada ángulo nuevo de Spock que se pueda descubrir. Se pregunta si alguna vez podría cansarse de él, como se cansaba hasta hace tres años de los juguetes y las motos y las marcas de cerveza, cuando ya no le aportaban nada. Cómo cambian las cosas. Ahora no se imagina a más de dos metros de su nave, ni de un vulcano de orejas puntiagudas–. Spock, quiero que lo hagamos.

El otro cambia un poco de posición, aunque no lo suficiente como para que Jim tenga que dejar de recoger mechones de su pelo, dejándolos caer una y otra vez sobre la almohada.

–Es complicado.

–¿Qué no lo es?

–Hacerlo con humanos me resulta… duro. Agota mis energías.

–Después te dejaré dormir durante tres días. Lo necesito, Spock, necesito entrar en tu mente y sentirte desde ahí. Necesito conocerte de todas las formas posibles, y asegurarme de que eres consciente de que esto no es una aventura, que podemos ser mucho, tú y yo.

–Jim, sabes lo poco que me gusta ser vulnerable.

–Lo sé –coloca un mechón de pelo negro sobre la frente de Spock, y lo vuelve a retirar lentamente para dejarlo en su sitio–. Pero también sé que estás dispuesto a serlo. Si yo te lo pido.

Le dedica una media sonrisa, de las que usaba para derretir a las chicas indecisas cuando las chicas indecisas eran su objetivo en la vida. Spock suspira.

–La fusión de mentes es una técnica vulcana muy…

–¡Lo sabía! –Kirk se levanta y se pone a dar saltos sobre la cama, tal y como vino al mundo. Spock espera pacientemente, agarrándose a un poste por si (supone Jim) la cama cede y cae al suelo. Claro que si ha aguantado toda la tarde, es probable que vaya a darse por vencida ahora.

–Jim, si vamos a hacer esto, necesito que desde el principio comprendas todo lo que implica. Todo lo que puede implicar.

–Sí, sí, lo que sea. Te escucho. Dispara.

–La fusión de mentes –continúa Spock– es un antiguo ritual…

Se ve interrumpido por los labios de su capitán, que se cuelan sin invitación impidiéndole hablar. Kirk le da un beso largo e intenso, recorriendo su boca hasta quedarse sin aire. Spock le corresponde pacientemente.

–Vale. Perdona. Ya. Dime.

Sus ojos esconden un brillo de diversión cuando vuelve a hablar.

–La fusión de mentes es un antiguo ritual vulcano por el que los pensamientos de dos individuos experimentan un proceso de sincronización. No es tanto lo que cabría interpretarse como una lectura de mentes, sino una actividad voluntaria de compartición de ideas.

–Ajá.

–En su máximo grado, requiere de una cierta confianza. Puede forzarse en niveles más bajos, por supuesto –Spock tuerce ligeramente el gesto–, pero en sus orígenes surgió a partir de la voluntariedad, la disposición de los individuos a aprender más unos sobre otros. De hecho –hace una breve pausa durante la cual su mirada no se cruza con la de Jim–, solía utilizarse como una declaración de lazos de afecto en el pasado.

–¿Ahora ya no? –Jim no está del todo seguro de por qué susurra, solos como están en la intimidad de su habitación.

–Ahora, los lazos de afecto no son algo que los vulcanos tiendan a valorar positivamente. La utilización de esta técnica, con este propósito, está cubierta por un cierto tabú en el ámbito social, y no se suele reconocer públicamente su uso privado. El ritual se utiliza especialmente para procesos de transmisión de información compleja.

–No fue siempre así, tu especie –murmura Jim, colocándose boca arriba y apoyando la cabeza sobre el pecho desnudo de Spock–. Tan lógica y fría. ¿Verdad?

–No. Tuvo que adaptarse a las circunstancias, al verse amenazada por la extinción a causa de su carácter violento. La situación actual permite una mayor probabilidad de supervivencia. Como te iba diciendo, la fusión…

–Spock –dice Kirk, con tono urgente.

–Jim, si no dejas de interrumpirme no terminaremos nunca.

–Oh, no hay prisa. Tenemos toda la noche.

–Me gustaría emplear una fracción de ella en dormir, si no te importa. ¿Ibas a decir…?

–¿Cuándo?

–Cuando me has interrumpido.

–Ah –Jim se muerde el labio inferior–. Nada, no era nada. Sigue.

El suspiro de Spock es inaudible, pero siente su pecho bajar cuando exhala el aire.

–La fusión provoca un intercambio en los procesos nerviosos que incluye no sólo ideas, sino también opiniones, gustos y emociones. Llega un punto en que se pierde gran parte de la individualidad, para pertenecer al colectivo que forma la fusión. Se acepta voluntariamente la invasión, la entrega total. Es por eso, Jim –el tono es serio, intenso–, que voy a fiarme de ti como no lo suelo hacer de ningún humano.

Jim traga saliva. Se traga también la pregunta “¿ni siquiera Uhura?”, porque le suena muy inmadura. Y porque la respuesta más probable –“lo que ocurriera entre la teniente Uhura y yo queda entre la teniente Uhura y yo” – le duele un poco, como cada vez que se da cuenta de que hay miles de rincones de Spock que nunca podrá conocer. Es la razón por la que más ansía hacer esto.

–Puedes fiarte de mí, Spock.

–Lo sé –contesta él, con la voz serena y segura de quien establece un hecho obvio. Después lo guía sobre la cama, haciendo que se siente. Ambos quedan uno en frente del otro, desnudos, con las piernas cruzadas. La intimidad de la situación es casi abrumadora, incluso más que cuando se unían bajo las sábanas. Spock alza la mano derecha y la coloca suavemente sobre su rostro: un dedo en la sien, otro en la mejilla. Kirk resiste el impulso de lamerlos–. Mírame a los ojos, Jim. Respira, despacio. Conmigo. Despacio.

Mirar a Spock no es precisamente una tarea difícil. Jim se pierde lentamente en la cadencia de su voz, que suena cada vez más cerca, más dentro.

–Shhh, Jim, no intentes hablar, no tienes boca. Tu pensamiento no es individual, porque tú no eres tú. Lo compartes conmigo, que soy tú, al igual que tú eres yo.

Los dedos sobre su rostro son el único punto fijo al que aferrarse, junto a la voz susurrada junto a su oído, calculadamente suave. La realidad se difumina y se funde alrededor de ellos, alrededor del nosotros que parece serlo todo.

–Mi mente a tu mente –dice Spock, pero Jim siente cómo sus propios labios se mueven con las palabras. Nota la poderosa llamada de otra conciencia y la acepta inmediatamente, reconociéndola, ansiándola–. Mis pensamientos a tus pensamientos.

Las dos voces se sincronizan, las mentes se solapan, y entonces son uno. Se dan cuenta, o ya sabían, que no necesitan ya palabras; lo que se quieran decir es parte de los dos en cuanto la idea empieza a formarse. No hay nada que no sepa Jim, que ya no es Jim; o que quiera decirle a Spock, que ahora es Jim. Son ligeros, volátiles. Recorren juntos los recuerdos de ambos, compartidos o individuales; unos ordenados y cristalinos, otros caóticos y turbios. Se mezclan las infancias y las posibilidades de futuro, las ideas y los sentimientos, de los dos y para los dos.

Es una existencia distinta, y no saben cuánto tiempo pasa antes de que algo los conecte lentamente, sin arrancarlos de la mente común: sus cuerpos, que se mueven por su propia voluntad, tocándose de forma desordenada e instintiva, desesperada, buscando alcanzar la fusión que comparten sus mentes. Las bocas respiran una en la otra, las uñas se hunden en las espaldas. Alguien queda arriba, alguien abajo; dan vueltas, giran lentamente, buscando más superficie que tocar. Se fusionan, arquean las espaldas, chocan las caderas. Ambos gimen al unísono un mismo placer, físico y mental.

Se tocan con toda su superficie, se exploran con todas sus ideas. Se mueven en perfecta armonía, como una danza ancestral que conocen por instinto. Es imposible dar un paso en falso cuando lo único que hay es ellos, flotando en la nada. Despacio, se hunden uno en el otro; las ideas giran, aumentan progresivamente de velocidad. Sus cuerpos los llaman, pero no quieren volver. El torbellino los rodea, los abraza, los arrastra juntos durante un periodo de tiempo indeterminado hasta que todo se hace blanco y abren los ojos repentinamente, para encontrarse inmersos en un orgasmo simultáneo, gritando en el mismo tono, abrazándose con la misma fuerza.

Cuando Jim, poco a poco, vuelve a ser –casi, más o menos, aproximadamente– Jim, su primer acto consciente consiste en clavar aún más las uñas en la espalda de Spock, acercándose a él como si no fuera capaz de soportar un segundo de vida sin su presencia. En este momento, no lo es. Piensa sin palabras, antes de recordar que Spock ya no piensa con él de la misma forma, pero no recuerda cómo usar su voz. Unen las frentes y respiran sobre los labios del otro, ralentizando los ritmos. Se da cuenta de que Spock está sobre él y dentro de él; separa muy lentamente las caderas, desatando uno a uno los hilos que los unen, con más tristeza y melancolía de la que ha sentido en su vida, y al mismo tiempo colmado de plenitud: sabe que ha de ser así, porque Spock lo sabe, y todo lo que Spock sabe pertenece ahora a Jim. Sabe que Spock se siente exactamente igual, y que nunca se ha sentido así. Sabe de qué color es un atardecer en Vulcano cuando las nubes se agrupan en torno al horizonte, sobre el desierto. Sabe qué aspecto tienen sus propios ojos durante un orgasmo.

–Sé hablar vulcano –susurra, y se echa a reír con exhalaciones cansadas. Otra risa le hace eco: Spock comparte sus carcajadas, en un momento único en que todas sus barreras quedan derribadas, y tendrán que ser construidas de nuevo. No ahora mismo.

–Sólo durante un rato –dice Spock, aunque los dos lo saben, como saben que ahora mismo necesita hablar y aferrarse al aspecto físico del sonido, para no perderse en su propia mente–. Pronto tu cerebro irá archivando información, y olvidarás mucho de lo que sabes ahora mismo. Aun así, te resultará sorprendentemente fácil aprender los idiomas que yo hablo, o las técnicas que yo conozco.

Jim se dedica durante un rato a pronunciar el nombre de Spock. No quiere olvidar eso. Lo dice con distintos acentos: el de su padre, perfecto y exacto; el de su madre, algo torpe y rudo; el del norte de su país natal, con su tono excesivamente nasal.

Los dos se tumban sobre la cama, lo más cerca posible, y cierran los ojos, asimilando lentamente retales de información, olvidando otros, utilizándolos todos para entrelazar sus conciencias y acostumbrarse a que ya nunca más estarán solos.

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Kirk entra a lo grande en el puente de mando, con un fajo de papeles que deja sobre el panel de comunicaciones.

–Nueva misión, chicos. Tenemos que acercarnos al sector Pi LVII y mediar entre un par de planetas, Saiyor y Vilior, antes de que empiecen a lanzar misiles. ¿Alguna pregunta?

–Sí –dice McCoy–. Si vamos impidiendo guerras por todas partes, ¿tendré que abandonar mi propósito de ser cirujano para hacerme político? Porque si la respuesta a eso es afirmativa, tengo un par de inyecciones mortales que me pueden ser muy útiles.

Kirk se ríe, pura felicidad

–No te preocupes, ya sabes que se me da fatal la burocracia. Cabrearé a alguien y conseguiré traerte algún herido.

La sorda irritación, mezclada con preocupación, que nota en algún rincón de su mente, no es suya, pero se siente como parte de él.

–Eso espero –dice Bones–. Me voy a mi cama, si vais a despegar.

–Motores a punto, capitán –informa Scotty desde el comunicador.

–Comunicaciones abiertas, capitán –dice Uhura.

–¡Cuando quiera, señor! –chilla Chekov.

–Panel científico a la espera –informa Spock.

–A punto para salir, capitán –sonríe Sulu.

Kirk mira adelante, hacia las estrellas que los esperan, y se acomoda en la silla del capitán.

––Adelante, Sulu. Velocidad de warp, factor 4. Vámonos a impedir una guerra.

No necesita mirar atrás para saber que la mano de Spock se apoya en el respaldo, a dos centímetros de su hombro. No necesita mirar adelante para saber que seguirá ahí durante mucho tiempo.

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The End

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